La participación política electoral fundamentada en la ocupación de espacios de poder tiene plena justificación en un marco jurídico de naturaleza democrática.  De hecho, la noción espacio político remite a un sistema en el cual su conflictividad intrínseca puede ser dirimida entre rivales-competidores, sometidos a unas condiciones comunes que regulan su actuación y sus respectivas ofertas de resolución de conflictos.  Los electores libremente se aproximan o se alejan de aquellas ofertas en tanto se identifiquen o no con las fórmulas expuestas, es decir, existe un grado de racionalidad dentro del sistema, necesario para su funcionamiento.  Un ordenamiento tal, admite el conflicto, pero también el modo pacífico para su resolución.  Cosa muy distinta ocurre cuando la política es entendida como guerra, y ésta como la continuación de la política con otros medios (Von Clausewitz).  Y si bien ello no necesariamente supone la lucha armada, en cambio sí puede enfatizar el aspecto conflictivo de la política convirtiendo la competencia entre los adversarios en confrontación de amigos contra enemigos (C.  Smith), y ello incluye el odio como combustible esencial para la liquidación del oponente.

1.- Resultados a la vista.
La práctica de la política como guerra ha resultado subestimada en Venezuela, entre otras razones porque su despliegue se produjo bajo el amparo del populismo y el alud de recursos provenientes de la renta petrolera, es decir, la conflagración en medio de un festín, el ruido del sarao como velo de la tragedia.  El concepto de guerra comúnmente admitido, remite a la violencia desarrollada por dos grupos armados que se enfrentan.  Pero tal definición, al privilegiar el hecho bélico, escurre el bulto a las expresiones modernas de la guerra psicológica, mediática, económica, de clases, etc.  Si nos apegamos a la vieja definición nos puede resultar exagerado admitir que en Venezuela se ha estado experimentando una guerra.  Pero el balance que hoy se puede mostrar, ya no puede explicarse por la ocurrencia de errores de políticas públicas, ausencia de recursos, impericia, ataque extranjero (guerra internacional) y ni siquiera puede argumentarse la ocurrencia de algún cataclismo.  El caso venezolano representa la rareza de una destrucción masiva, en ocasiones bajo estrepitoso aplauso, con silencio cómplice, con apoyos directos e indirectos por parte de las víctimas, y algunas veces con férrea resistencia desarmada.

2.- Víctimas de la Guerra

No se requiere lenguaje metafórico para hablar de las víctimas de la guerra venezolana.  Sus mentores pueden exhibir caídos en combate bajo la acción de un estado terrorista, heridos con variado nivel de gravedad, desplazados, daños colaterales, cementerios industriales, violados, torturados desterrados, pobreza, plagas, hambruna, epidemias, en fin, crisis humanitaria.  Como en todas las guerras, la nuestra también puede incluir delaciones, espionaje, colaboracionismo, traiciones y por supuesto, actos heroicos.  Pero el nivel de devastación no puede explicarse de otro modo: en Venezuela se vive una conflagración.  Y si hemos de juzgar por los resultados, no ha podido ser una guerra más cruel y estúpida.  Tan estúpida que no hallamos motivos para su ocurrencia.  Semejante tragedia sólo puede suceder de un modo: negándose a admitir que ocurre para evadir la responsabilidad en el crimen.  Dándole la espalda a la realidad mientras se producen más víctimas.  Observando un brillante porvenir, mientras morimos de hambre.  Confundiendo la vida con la muerte y viceversa.  Sólo perniciosas ideologías del tipo ¡Con hambre y desempleo, con Chávez me resteo! pueden producir tal efecto narcótico.  Probablemente esto explique la risueña postura de nuestros criminales de guerra: representamos el amor, ¡lo hacemos por amor a la patria! ¡Nos oponemos al odio! Esto es ebriedad psicotrópica.

3.- La muerte en la inconsciencia
Y debe ser, así pues, en definitiva, se trata de una guerra psicológica, con notas psicodélicas, aderezada con crímenes selectivos.  Lo cual no impide la ocurrencia muertes masivas.  Un estado de locura con notas incomprensibles y resultados desastrosos.  Por ello nos percatamos tardíamente de lo ocurrido.  Algunos aún no se percatan.  Demasiado tardó la comunidad internacional para percatarse.  No podía ser de otro modo, pues en nuestra guerra sus víctimas suelen mostrarse risueños mientras avanzan al abismo.  ¿Qué otra cosa puede decirse del anciano que muere en la cola de pensionados, jubiloso por el privilegio de cobrar su mesada en efectivo? Se nos antoja Boves obligando a bailar el escobillao antes de la degollina.  Pero aquellos ilustres difuntos, al menos tenían conciencia de la muerte en ciernes.  Las víctimas de la guerra chavista con pretendida inocencia cargan su sentencia de muerte en el lomo.  Por ello acuden a un hospital sin antibióticos y culpan al médico de turno.  Padecen una enfermedad crónica sin medicamentos a la vista y culpan al bachaquero de la salud.  Escarban en la basura desafiando las pestilencias mientras se quejan de la poca colaboración de los vecinos y la baja calidad de los desperdicios.  Del sarampión, de la difteria, de la malaria, de los recién nacidos de madres raquíticas, de los famélicos que aguardan la bolsa CLAP, de los escolares sin vacunas preventivas; desde éstos y otros espantos, se sumaran probablemente miles de víctimas de la guerra ya genocida, pero disimulada mediante conseja antiimperialista.

4.- La Batalla Final

La participación política electoral fundamentada en la ocupación de espacios de poder debió ser reconsiderada frente al gobierno militarista empeñado en la política como guerra.  En este marco ya no se trata de dirimir los asuntos públicos entre rivales-competidores, sometidos a unas reglas comunes.  Los desastrosos resultados producidos debieron llevar a dosificar la participación electoral en concordancia con una estrategia general para la toma del poder y la derrota del militarismo guerrerista, la tarea fundamental.  Insistir en la aceptación de las precarias reglas del juego impuestas desde el poder, conllevan el peligro de convertirse en colaboracionistas de un proceso de destrucción y muerte que amenaza con salpicar a toda la élite política.  Convertir las elecciones regionales y municipales en un evento de cara o cruz ha sido la mayor estupidez opositora de los últimos tiempos.  Una refriega menor colocada a la altura de batalla final, un señuelo divisionista mordido con avidez desconcertante.  La decisión de participar o no en tales eventos, debió dejarse a los cuadros medios y bajos de las regiones.  Pero el alto mando opositor, frente a un gobierno que hace la guerra, bajo ninguna circunstancia puede perder de vista la tarea esencial de derrotar a los mentores del desastre.  Las presidenciales pueden ser la batalla decisiva.  Una nueva oportunidad que amerita recuperar la unidad interna, coordinar el apoyo y las gestiones internacionales que deben materializarse en acciones contundentes.  Impulsar una candidatura única, reimpulsar la A.N para que inicie los trazados de un nuevo país.  Para recuperar la esperanza se debe recuperar la unidad.  Un gobierno en quiebra, acorralado por sus propios errores, con un presidente detestado hasta por su sombra, sólo podría permanecer en el poder por la fuerza, por los errores opositores o por el colaboracionismo.  A ver si no se desperdicia esta nueva oportunidad que se avecina.

 – Ezio Serrano Páez – 15-11-2017

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