LA OPINIÓN – Carlos Blanco @carlosblancog
18-1-2017
y ¿Cuál es la salida? 
– Oswaldo Páez Pumar – 18-1-2017

He defendido el valor político –incluido el simbólico– de la AN: ha sido un tábano inclemente en las posaderas del régimen y no es concha de ajo el entrenamiento de algunos dirigentes en las artes de la oratoria y la negociación parlamentaria. Dentro y fuera del país ha sido la consagración, más allá de toda duda, de la mayoría opositora. La AN se ha hecho eco del estado de miseria popular en la etapa más melancólica y cruel del chavismo: el “madurismo”. Sin embargo, está en un momento crítico. Podría convertirse en ornamento inútil de una sociedad exhausta; en espejismo que se diluye entre las urgencias cotidianas, en la titilación que va de la esperanza al desengaño.

Aquí se llega por varias razones. La primera es que la oferta electoral, tan entusiasta como fue y tan abrazada por millones, no fue cumplida. ¿Era incumplible? Tal vez no podía la AN con su sola fuerza moral y política remplazar a Maduro. Las vías consideradas –referéndum, enmienda, doble nacionalidad y más recientemente destitución por abandono del cargo– pueden ser válidas (simpaticé con todas, aunque habría preferido un vasto movimiento por la renuncia), pero si no hay una fuerza institucional suficiente que las apoye, no hay cómo hacerlas cumplir. Esas fuerzas solo son: una fracción decisiva del PSUV, la Fuerza Armada o una movilización de calle imparable (que para mí se parece más a una huelga general bien organizada que a un enfrentamiento a pecho descubierto con los represores). No hay más.

Para lograr una fuerza de la magnitud requerida hay una condición irremplazable: una dirección democrática común, con un objetivo y una estrategia compartida. Y no existe. El que conozca los intríngulis de la situación sabe que las diferencias no son –como fueron– entre “moderados” y “radicales”, sino que son más variadas y enfrentan, con alguna excepción, a todos contra todos. Si se leen las alusiones, los circunloquios, eufemismos e indirectas, se llega al estado más íntimo de la dirección opositora, lo que exige en forma perentoria un diálogo informado, con buenos mediadores (¿encabezados por el padre Ugalde?), fundamentado en un análisis introspectivo de la propia oposición. Si esta no dialoga a fondo consigo misma, carece de fuerza para hacerlo con otros. Sin olvidar que las aspiraciones presidenciales en este momento son una colosal idiotez.

Es posible que de tal diálogo opositor se clarifique el papel de la AN. Bien podría ser –¿o haber sido? el de agarrar el toro por las criadillas y establecer un poder (no una asamblea) constituyente: el poder naciente.

¿Cuál es la salida? –
Oswaldo Páez-Pumar – 18-1-2017

    El liderazgo de la oposición, o quizá será mejor decir, sus más destacados o locuaces voceros han venido repitiendo hasta la saciedad la frase según la cual nuestra propuesta es “constitucional, pacífica y electoral”. Algunas veces he insistido en señalar que ninguna salida puede prescindir del uso de la fuerza, porque todo estado de derecho tiene por último sustento la coercibilidad del derecho, es decir, el empleo de la fuerza para que se aplique el derecho.

    Hoy me he sentido complacido al leer en el diario El Nacional el artículo de Carlos Blanco que con acertado tino señala después de manifestar su simpatía con todas las vías propuestas para salir de esta dictadura (referéndum, enmienda, doble nacionalidad, destitución por abandono del cargo) con certero tino precisa “pero si no hay una fuerza institucional suficiente que las apoye, no hay como hacerlas cumplir”.

    En la oposición estamos sumidos todos en ese vacío porque no queremos enfrentar la realidad de un régimen totalitario. Mientras no reconozcamos la necesidad de la fuerza para desalojarlo del poder estaremos ensayando aproximaciones a la solución, pero dando rodeos en torno a ella y provocando en la población entusiasmos y decepciones.

    No hace falta insistir en la legitimidad del derecho a la rebelión reconocido tanto por filósofos como por teólogos por la sencilla razón de que los pueblos no pertenecen a los gobiernos, sino que son los gobiernos los que pertenecen a los pueblos. El derecho ‘divino’ de los reyes es tan falso y obsoleto como el derecho ‘deshumano’ de los revolucionarios.

    El pueblo al ejercer su derecho a rebelarse contra quien lo oprime así se conduzca bajo el espíritu pacifista de Gandhi, tiene derecho a reclamar el uso de la fuerza, si el tirano pretende hacer uso de ella, más todavía, si el tirano ha construido una fuerza con el propósito directo de impedir la protesta, incluyendo en esa prohibición hasta el derecho a transitar libremente en el país que pertenece al pueblo y del cual el tirano pretende apropiarse.

El llamado por lo tanto a quienes detentan las armas de las cuales el pueblo carece porque se las entregó en monopolio a esos custodios, precisamente para que resguardaran el estatuto constitucional del cual derivan el derecho a usarlas, no solo es legítimo y constitucional, sino es también mandatorio y necesario. Esa es la salida. No nos engañemos a nosotros ni al pueblo

.                            Caracas, 18 de enero de 2017

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