Hace 79 años, el 17 de noviembre de 1938, inició sus actividades en la UCV la primera Escuela de Economía del país, razón por la cual se celebra ese día el día del Economista.  Suena estrafalario celebrar en estos días algo relacionado con la economía, cuando ya tenemos varios años dando vergüenza ante el mundo por ser el país con peor desempeño económico del planeta, lo cual es más vergonzoso cuando se considera nuestra envidiable dotación de recursos naturales y, peor aún, cuando se recuerda que por más de 50 años fuimos asombro y admiración internacional por los destacados logros en desarrollo económico, progreso y bienestar creciente de nuestros ciudadanos, particularmente durante la República Civil y Democrática (mal llamada Cuarta República). 

En descargo de mis colegas economistas y de nuestras Escuelas de Economía puedo adelantar y asegurar que la actual kakistocracia (gobierno de los más ineptos con los planes más incapaces) se ha caracterizado por despreciar la economía, lo que se ha manifestado al poner al frente de los cargos de decisión en la materia a improvisados, sin la formación requerida para tomar decisiones acertadas, pero con una fuerte intoxicación marxistoide.  Así, el resultado inocultable en hiperinflación, escasez y caída del PIB es consecuencia de desconocer las más elementales consideraciones de raciocinio económico y de destruir sistemáticamente la base y nuestras capacidades productivas.

Tres antecedentes son necesarios para entender el nacimiento de los estudios formales de Economía en 1938.  Ante todo, hay que recordar que, lejos de la ficción que nos han inducido a creer, a lo largo de su historia Venezuela ha sido un país paupérrimo; como lo escribí en esta columna hace un tiempo, “En las extensas conversaciones que sostenía con mi padre y mi abuelo ambos coincidían en una frase que me impresionaba mucho: “era un país donde se andaba en alpargatas porque los zapatos eran un lujo”.  Otro testimonio que describe las terribles condiciones de esa Venezuela es del autor John Gunther, quien recorrió buena parte del mundo describiendo los países y del nuestro, que visitó cuando ya el petróleo se había apoderado de nuestra vida, escribió en 1938: “Cualquiera se preguntaría, con razón, ¿cómo se las arregla la gente común para vivir? La respuesta casi que podría ser tan simple como: ¡no pueden! Venezuela, el país, es rico, pero en general, su gente común es más pobre de lo que yo jamás haya visto”.

El segundo antecedente fue el impacto del petróleo: el 14 de diciembre de 1922 en la torre de perforación conocida como Barrosos Nº 2, el monótono chirriar y golpeo de la barrena se transformó en un sorprendente chorro de petróleo de más de 50 metros de altura, que manaba con tanta fuerza y furia que no pudo ser sometido hasta 9 días después, derramando un promedio estimado en 100 mil barriles diarios.  A partir de allí la transformación de nuestra economía fue tan notable que, al año siguiente, en 1923, las exportaciones de petróleo superaron las de cacao; en 1925 también superaron las de café; en 1926 superaron las de café y cacao; y en 1928 las exportaciones del hidrocarburo superaron las de todos los demás productos juntos.

El tercer antecedente fue el editorial que publicó Arturo Uslar Pietri en el diario Ahora, el 14 de julio de 1936, bajo el título de “Sembrar el Petróleo”.  Uslar hace la siguiente descripción que bien puede aplicarse a la Venezuela actual: “Cuando se considera con algún detenimiento el panorama económico y financiero de Venezuela se hace angustiosa la noción de la gran parte de economía destructiva que hay en la producción de nuestra riqueza, es decir, de aquella que consume sin preocuparse de mantener ni de reconstituir las cantidades existentes de materia y energía.  En otras palabras, la economía destructiva es aquella que sacrifica el futuro al presente, la que llevando las cosas a los términos del fabulista se asemeja a la cigarra y no a la hormiga.” Más adelante, en el mismo escrito, señaló lo siguiente, que se me antoja como el germen de su iniciativa para crear 2 años más tarde la Escuela de Economía: “Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.”

Como adelanté, el Dr. Uslar Pietri fue uno de los artífices de la naciente Escuela de Economía, junto con Tito Gutiérrez Alfaro (hijo del compositor del Alma Llanera y tío de Alicia, mi primer e inolvidable amor), JJ González Gorrondona y JM Hernández Ron.  La Escuela funcionó desperdigada por el campus de la UCV hasta que, en 1980, estando encargado de la Dirección de la Escuela, convencí al Decano Héctor Silva Michelena para que nos mudáramos al Edificio que hoy ocupamos, aunque no estaba terminado de construir.

A mí me tocó iniciar estudios en un aula de la Facultad de Humanidades que llamábamos “La Gran Sabana” (donde hoy funciona su Biblioteca).  En mi primer año tuve la fortuna de de tener excelentes profesores que marcaron mi futuro profesional, sobre todo Bernardo Ferrán, Ramón Tovar y Ángel Giménez Flores.  A lo largo de la carrera también tengo mucho que agradecer a muchos otros, pero no puedo dejar de mencionar al mismo Héctor Silva Michelena, a Celestino Peraza (el de los Sudokus de El Nacional) y a Tulio Vázquez.

Durante 79 años en las aulas de la Escuela de Economía de la UCV y en las de las otras universidades públicas y privadas venezolanas, se han formado economistas sumamente competentes que destacan y son altamente valorados nacionalmente (salvo por el dogmatismo maniqueo del régimen) e internacionalmente, hasta el punto de hacer más incomprensible el desastre y ruina de nuestra economía, ya que nadie puede entender por qué donde más nos necesitan más nos ignoran y desprecian: ¡Es escandaloso y criminal que, por ello y por empeñarse dogmáticamente en rechazar nuestros señalamientos y consejos (adelantados hace tanto tiempo por el Dr.  Uslar Pietri), estemos regresando a ser un país paupérrimo! ¡Cosas veredes, Sancho!

 

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